Y pedía cada tarde una de esas ‘meriendas sorpresas’ que, en realidad, lo único que tenían de sorprendente era que había más tostadas con Nocilla, más galletas Príncipe, más cereales con chocolate y el tazón de Cola-Cao era más grande. Esas tardes de invierno me sentaba alrededor de la mesa, me tapaba para no tener frío, encendía las televisión para ver los dibujos animados y ella (a veces él) me traía la ‘merienda sorpresa’.
Llenaba la bañera hasta arriba, echaba jabón y nos bañábamos las dos. Cogíamos la espuma y nos la poníamos por la cara, imitando a Papá Noel. Había magia, demasiada magia. Quizás la gastamos de tanto usarla, quizás sigue ahí pero cuesta verla.
Todas las noches (y no es una exageración, absolutamente todas) él aparecía, se sentaba allí con nosotras y nos contaba mil historias, mil batallas ganadas, mil mitos. Nos hablaba de héroes (nunca supo que él sí era un verdadero héroe), de islas llamadas Ítaca, de esqueletos que apagaban velas, de retratos que cambiaban. Y nos daba un beso y se iba. Si no podíamos dormir, ella nos ponía música clásica y conseguía que nos relajáramos, siempre, siempre lo conseguía. Sí, eso también era magia.
No sé muy bien qué paso, las costumbres se pierden, los años pasan y las personas nos cansamos. No sé qué día decidí que no necesitaba más besos en la frente, más cuentos nocturnos, más masajes en la espalda para terminar escuchando un ‘qué morro tienes.’ Un día dejé de llamarlos para que viniesen a traerme un vaso de agua o, simplemente, para escuchar ‘buenas noches’ o ‘hasta mañana’.
Necesito volver, que ella me coma a besos, que él pregunte de forma diplomada, que ella me diga que estoy más guapa, que él me cuente cómo va el mundo y que desde el pasillo, con mi puerta cerrada, escuche ‘buenas noches’.
Y poco más.
"Las bonitas costumbres se pierden.
(Fuente: bluememories24, vía mecanicaespiral)